Te odio porque me quisiste y no pudiste estar, porque no supiste dejarme marchar bien.
Me odio porque no supe marcharme bien.
Te odio por robarme pieza a pieza, por calarme hasta los huesos, por tener ese poder.
Me odio por estar siendo injusta al odiarte.
Te odio por hacer que me odie.
Me odio porque ya no sé verte, porque ya no puedo quererte bien.
Te odio porque ya no puedo querer bien a nadie.
Me odio porque ya no sé cómo escapar de esta dialéctica, de este vaivén constante, de este luto interrumpido, de este afecto ambivalente.
Te odio por hacer que te quiera y me odio por odiarte.
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