domingo, 3 de junio de 2018

Siento no poder estar.

Puedo estar en paz porque te he perdonado, pero no había nada que perdonar.
Aunque a veces no te sienta nunca cicatrizas, y si se trata de olvidarlo ya me puedo olvidar.
Acercarse siempre será como echarle sal.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Dejar marchar

"Si imaginamos que una cosa que suele afectarnos de tristeza se asemeja en algo a otra que suele afectarnos, con igual intensidad, de alegría, la odiaremos y amaremos a la vez. (...) 
Esa disposición del alma, que brota de dos afectos contrarios, se llama fluctuación del ánimo; y es, por ende, respecto de la afección, lo que es la duda respecto de la imaginación.
-Baruch Spinoza, Ética demostrada según el orden geométrico - Proposición XVII

Llegaste, inexplicablemente cierta, como una estocada firme. Al conocernos nos cogimos de la mano -literalmente- y empezamos a caminar al mismo paso. No nos habíamos visto jamás y estuvimos diez horas y media de reloj hablando sin descanso, interrumpiéndonos a ratos desde la efusividad, desde la vehemencia de estar ahí por fin, y tras una breve pausa seguimos. No nos conocíamos y nos quedamos dormidas a la vez, juntas. No nos conocíamos y me presentaste a tus amigos y a tu familia. Me trajiste hasta tu mundo, tomándome de la mano. Porque sí que nos conocíamos.

Yo, que despliego un abanico de mecanismos de adaptación ante los cambios e imprevistos, que huyo, que preparo, que me anticipo y premedito cada paso hasta enfermar, que durante años me cansé de teorizar, de delimitar, de perderme en disquisiciones sobre la diferencia entre atracción estética, romántica, sexual, deseo, impulso. Yo, que lo intelectualizo y disecciono todo hasta romperlo y robarle el alma y el sentido, lo supe de inmediato. Yo, que nunca sé nada de inmediato, yo que me quedo atrapada en esa mediación. Yo, que siento tanto pero nunca aprendí a vivirlo con la piel. Con esa misma piel lo entendí por primera vez. Y dejé de tener miedo.
Dejé de tener miedo justo cuando debí haber empezado a tenerlo.

No imaginé que pudiera vivir el sexo, estar en el momento, fluir tranquila sin presiones ni expectativas, sentirme completa en mi propia carne. Que pudieras hablar y reír sin que se apagara nada, sin que resultara anticlimático. Porque no era la urgencia de una pasión que se consume rápido, no era circunstancial. Era un afecto inocente, una atracción desinteresada. No había prisas por ir a ninguna parte.

Te conocí en noviembre y sin embargo te asocio a las luces navideñas, los abrigos, las manos frías que entran en calor, un piso con calefacción. Te asocio a estar ilusionada por primera vez, a sentirme completamente en paz por primera vez.

También te asocio a ese minuto de nada. A ese "no puedo seguir haciendo esto". A ese "eres demasiado buena, no estoy acostumbrada a esto". A ese "he llegado a casa y no he podido dejar de llorar porque lo he entendido". A ese no saber cómo comer, como dormir, cómo estar ahí. A ese desaprenderlo todo y tener que volver a construirlo, sin saber cómo, sin querer. Porque elegí para que me ayudara a encontrar definitivamente el orden a una persona que estaba más perdida que yo. Porque quise ayudar a otra persona a lidiar con sus demonios cuando yo sólo llevaba años distrayendo a los míos. Y vino todo a la vez.

He encontrado una suerte de calma, desde mi falso estoicismo, desde mi sincera resiliencia, desde la frustración de toda una vida. Abrazando a esa niña que aún llora. Pero sigo sin saber qué sentir a ciencia cierta. Me he refugiado en lo mejor de mí, en lo peor de mí, en el punto intermedio buscando una respuesta.

Empecé por la madurez, el saber estar, la entereza. Quise hacer de tripas corazón, quizás mi orgullo jugó un papel. No voy a ser la clase de persona que no acepta el rechazo y se mueve desde el despecho, soy mucho mejor que eso, no voy a empañar lo que hemos sido, estás en tu derecho. Puedo ser comprensiva y justa aunque me duela, recordarme que no es culpa tuya aunque no encuentre en ello consuelo, aunque sepa que el odio reconforta más.

Quise ser una buena amiga, y al no poder hacerlo me fui. Y pasaron los meses. No sé ni cómo.

Volvimos a encontrarnos y me dijiste que aún me querías, pero que no podías estar, que no sabías cuándo podrías, y traté por todos los medios de acallar esa voz que me decía que esperara al mismo tiempo que me aferraba a ella y me negaba a soltarla. Quería y no quería esperarte. Sabía que no había una fecha, definición, delimitación. Que no podía quedarme en ese estado incierto, en esa espiral. Pero no podía no hacerlo. No podía no querer hacerlo. Teníamos que acabar juntas.

Los meses volvieron a sucederse uno detrás de otro. Y me refugié en el odio aunque nunca te lo conté. Cambiaron los ojos con que te veía. Me pregunté si ese era el paso que me había saltado, elaboré una teoría. Trasladé esa culpa desde mí hacia ti. Quizás necesito sentir rencor, un odio puntual, un desprecio que no salga de aquí. Quizás al querer eximirte de culpa me estaba culpando a mí, quizás estaba separando de ti el dolor que me habías provocado, queriendo así volver a ti para aliviarlo, olvidando que tú eras su causa. Quizás necesito sentir rabia, una rabia controlada, terapéutica, legítima. Quizás necesito sentir que tengo derecho a sentirme así, quizás debo dejar de recriminármelo. Dejar de sentirme culpable por no querer perdonarte.

No sé si funcionó. Te recorrí tantas veces que ya no te parecías a ti. A veces lo sentía de un modo y otras tantas de otro.

Escribí:
Me odio porque ya no sé verte, porque ya no puedo quererte bien.
Te odio porque ya no puedo querer bien a nadie.
Me odio porque ya no sé cómo escapar de esta dialéctica, de este vaivén constante, de este luto interrumpido, de este afecto ambivalente.
Te odio por hacer que te quiera y me odio por odiarte.

Volviste una vez más y te desmitifiqué, dejaste de ser ese fantasma. Volviste y todo perdió el matiz dramático. Durante varias semanas todo recobró el color, la naturalidad. Volviste y descubrí que había trabajado mucho durante todos esos meses, que podía volver a quererte bien. Pero ya no éramos las mismas. O tú ya no querías que lo fuéramos.

Me dijiste que ya no me querías y volví a ser una niña pequeña. Qué he hecho mal. He sentido demasiado. No he sabido callar lo suficiente. No he disimulado lo suficiente. Por qué ya no me quieres si no he insistido, si no he incordiado. Si sólo he hecho tiempo.

Si me he dejado la piel intentando encontrar ese equilibrio imposible. intentando ser honesta sin alimentar tu complejo de culpa, sin caer en reproches ni chantajes. Si dosifiqué, minimicé hasta el límite nuestras interacciones ¿Qué hice mal?

No hice nada mal. No hiciste nada mal.

Han vuelto a pasar los meses. Como una rueda en un precipicio.

Siempre estoy intentando cerrar la puerta. A veces parece que lo consigo, pero nunca lo hago del todo. Nunca consigo querer hacerlo del todo.

Nunca consigo querer decir adiós definitivamente a la imagen borrosa del principio, hoy fantasmagórica y teñida de irrealidad; a esa sensación inaudita y cálida que recuerda mi piel. A lo que fue, a lo que pudo haber sido y a lo que a veces casi parece que aún podría llegar a ser en un futuro. O eso necesito decirme. Y al mismo tiempo no quiero que sea.

Cuando lo estoy olvidando descubro que sólo lo estaba posponiendo, esquivando. Que ya me he acostumbrado a hacerte tiempo y se ha convertido en parte de mí. Que no lo estoy aceptando verdaderamente, sólo sosteniéndome en un hiato imaginario.

Es mera repetición. Una y otra vez. Estoy cansada. Cansada de llorar por el cansancio. Pero estar cansada, no poder más, no acelera el proceso. No consigue matar del todo la esperanza. Porque no quiero hacerlo del todo. Porque no toda yo quiero hacerlo.

Y qué ironía cuando lo único que quiero es conseguir quererlo. Querer dejarte marchar.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Dialéctica destructiva

Te odio porque me quisiste y no pudiste estar, porque no supiste dejarme marchar bien.
Me odio porque no supe marcharme bien.
Te odio por robarme pieza a pieza, por calarme hasta los huesos, por tener ese poder.
Me odio por estar siendo injusta al odiarte.
Te odio por hacer que me odie.

Me odio porque ya no sé verte, porque ya no puedo quererte bien.
Te odio porque ya no puedo querer bien a nadie.
Me odio porque ya no sé cómo escapar de esta dialéctica, de este vaivén constante, de este luto interrumpido, de este afecto ambivalente.
Te odio por hacer que te quiera y me odio por odiarte.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Dueles.

Dueles, como un frío afilado.
Como una cuchillada aguda, inesperada.
Como una frustración de años.
Como la resignación de toda una vida.

Dueles como la muñeca que perdí y nunca encontré.
Como mis cumpleaños llorando.
Como los treinta-y-unos de diciembre sola.
Como el profesor de primaria que dijo
que nadie me querría.

Como las décadas en terapia, las recaídas,
las reconciliaciones conmigo misma.
Las idas y venidas, mi fragilidad y mi resiliencia,
mi persistencia y mi apatía.

Como las contradicciones que me han tenido en vilo
y las canciones que ya no puedo escuchar.

Como cada daño, cada peldaño,
cada pérdida hasta encontrar mi norte.

Cada derrota hasta encontrar mi voz y
cada amago destructivo.

Dueles como todo lo que ha dolido.

sábado, 21 de noviembre de 2015

*

Voy tras la inmediatez vacía, las distracciones mudas, porque ya no soporto que mi propia voz me alcance. Hace tiempo que no escucho lo que tengo que decirme. Pero hay días en los que se acaban las excusas, las distracciones, las anestesias improvisadas. Hay días en los que me alcanzo y puedo verme. Días en los que no hay consuelo, no hay pretextos, no hay voces amigas. Sólo caída.

Fui a mi entierro y no estábais ninguno.

¿No será lo que siento, sin toda esta anestesia artificial,
el dolor proporcional, la reacción adecuada? Como un destello de lucidez.
Pero ya no soy tan mayor como era entonces.
Y sólo huyo. Me escondo bajo la cama, donde habitaban los monstruos.

Diría que soy como vosotros, pero mis males nunca fueron recreativos. Yo nunca tuve esa elección.

Hasta cierto punto curte y forja. Pasado ese punto sólo quema, sólo deforma.

miércoles, 15 de abril de 2015

Fuego mudo

Vuelven a llegar aquellos tiempos en los que ensancha el tiempo, aunque las esquinas no son como las recordaba y el color del paisaje es algo más vívido. No mucho, sólo un poco. Lo suficiente como para que no pueda compadecerme, aunque por momentos sigue pareciendo gris. Quizás es que no estoy regresando al mismo lugar, quizás es que no soy la misma que vino por última vez. Pero este peso que respiro es familiar. Quizás reminiscencia de lo que hubo, de lo que duerme latente, de lo que podría volver en cualquier momento. He estado aquí demasiadas veces, en este mismo rincón, pensando lo que estoy pensando ahora. La madurez sólo me otorga una falsa noción de experiencia, una falsa solemnidad. Como si esta vez estar aquí tuviera más sentido. Como si esta vez se tratara de alguna epifanía. Pero sólo es repetición. Aquí dentro tengo cien años. Es la misma mierda de siempre y ya no me va a enseñar nada nuevo.

Todos creen que hablo en sentido figurado.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Ausencia de Dios

He pasado más años de los que me atrevo a contar esperando que estuvieras al otro lado. Una niña pequeña que se ha hecho daño y busca a sus padres. No sé cuántas veces me quedé divagando, desdibujándome por las calles en invierno hasta que la luz las inundaba, esperando que esta vez fuera la última, con una extraña suerte de resignación y esperanza triste. Pero nunca hay nadie al otro lado. Nadie me traerá a casa.
Me perdía para que vinieras a buscarme. Pero siempre era yo quien tenía que sacarme las castañas del fuego y encontrar el camino de vuelta. Siempre era yo quien acababa vendándome, acariciándome los golpes, cosiendo cada brecha aunque me declarara la guerra a mí misma y quisiera abandonarme. Siempre era yo quien me levantaba del suelo cuando el frío me calaba los huesos, quien me obligaba a meterme en la ducha llorando y a regañadientes cuando no sabía cómo levantarme de la cama. Cuando cada segundo volvía a ser un día entero. Siempre he sido yo.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Retrospectiva

Me he ido rompiendo, curtiendo y endureciendo. Ha habido largos tiempos de letargo, en los que me he dejado caer sin oponer resistencia, impasible pero impaciente; en los que me ha podido la desidia, la somnolencia y este pesimismo que sólo es una forma elegante de indulgencia. Y ya no hay excusas para el cinismo adolescente, para esta autoflagelación que, para ser sinceros, sólo es autocompasión.
Me he encontrado odiándome y queriéndome, rindiéndome y venciéndome. Perdiéndome, sin saber dónde acabo y dónde empiezo. He tenido que perder. He tenido que coger impulso. He tenido que recorrer pasos que ya había dado antes, una y otra vez.

He ido a peor, he ido a menos, he tenido que retroceder.

Algunos lugares han olvidado su nombre, algunos nombres han olvidado su rostro. Prácticamente todo lo que una vez tuvo fuerza y sentido ha dejado de tenerlo, ha dejado de existir. Y lo que sigue ahí, sigue ahí porque respira, porque duele. Como una extremidad fantasma.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Secuelas

Esto no es lo mío. No es una mala racha, soy yo. Soy yo, que conozco cada centímetro de mis malos hábitos, mis contradicciones, mis defectos de fábrica. Mis pasos han memorizado cada una de sus calles, y nunca les pongo fin, probablemente porque nunca lo intento de verdad.
Siempre vuelvo al principio. Vuelvo a recrearme en mi desidia, mi melancolía indulgente y mis pájaros en la cabeza.
Nunca he sabido crecer, por ir desacompasada y a destiempo. No puedo ser adulta porque hay rincones en los que nunca he sido niña. Sigo siendo el mismo despojo de nervios que llegaba a casa llorando, y mordía. Va a mejor, se vuelve tolerable. Pero no cambia.

Tú me conoces. Y por eso sigues llamando, preguntando si estoy bien cuando nada parece indicar lo contrario.

A veces es fácil suponer que el proceso es líneal. Que no vas a tener que rehacer los pasos que ya has dado. Pero es circular. Y aunque estés mejor preparado, aunque el paisaje ya no sea el mismo, aunque Septiembre destiña y los nombres hayan olvidado su rostro, de algún modo siempre acabas regresando.

Siempre acabaré regresando.

sábado, 8 de noviembre de 2014

Ambivalencias

Pierdo la noción de los días, las paredes, las voces. Sueño varias veces o ninguna.
Duermo cuando estoy despierta y despierto cuando me quedo dormida. Si acaso duermo, si acaso despierto. Dónde empieza y dónde acaba, si el techo se hace añicos y las horas me aprietan. Como una melancolía afilada, incisiva, impaciente. Silencios que ensordecen, pero ya no importa. Ya ni me molesto en descifrar las sombras. Deambulan las ideas, cansadas, quizás cabizbajas. Han pasado siglos desde ayer. Pero de algún modo persisten en su empeño. No me dejan despertar. Tampoco me dejan soñar.