miércoles, 21 de febrero de 2018

Dejar marchar

"Si imaginamos que una cosa que suele afectarnos de tristeza se asemeja en algo a otra que suele afectarnos, con igual intensidad, de alegría, la odiaremos y amaremos a la vez. (...) 
Esa disposición del alma, que brota de dos afectos contrarios, se llama fluctuación del ánimo; y es, por ende, respecto de la afección, lo que es la duda respecto de la imaginación.
-Baruch Spinoza, Ética demostrada según el orden geométrico - Proposición XVII

Llegaste, inexplicablemente cierta, como una estocada firme. Al conocernos nos cogimos de la mano -literalmente- y empezamos a caminar al mismo paso. No nos habíamos visto jamás y estuvimos diez horas y media de reloj hablando sin descanso, interrumpiéndonos a ratos desde la efusividad, desde la vehemencia de estar ahí por fin, y tras una breve pausa seguimos. No nos conocíamos y nos quedamos dormidas a la vez, juntas. No nos conocíamos y me presentaste a tus amigos y a tu familia. Me trajiste hasta tu mundo, tomándome de la mano. Porque sí que nos conocíamos.

Yo, que despliego un abanico de mecanismos de adaptación ante los cambios e imprevistos, que huyo, que preparo, que me anticipo y premedito cada paso hasta enfermar, que durante años me cansé de teorizar, de delimitar, de perderme en disquisiciones sobre la diferencia entre atracción estética, romántica, sexual, deseo, impulso. Yo, que lo intelectualizo y disecciono todo hasta romperlo y robarle el alma y el sentido, lo supe de inmediato. Yo, que nunca sé nada de inmediato, yo que me quedo atrapada en esa mediación. Yo, que siento tanto pero nunca aprendí a vivirlo con la piel. Con esa misma piel lo entendí por primera vez. Y dejé de tener miedo.
Dejé de tener miedo justo cuando debí haber empezado a tenerlo.

No imaginé que pudiera vivir el sexo, estar en el momento, fluir tranquila sin presiones ni expectativas, sentirme completa en mi propia carne. Que pudieras hablar y reír sin que se apagara nada, sin que resultara anticlimático. Porque no era la urgencia de una pasión que se consume rápido, no era circunstancial. Era un afecto inocente, una atracción desinteresada. No había prisas por ir a ninguna parte.

Te conocí en noviembre y sin embargo te asocio a las luces navideñas, los abrigos, las manos frías que entran en calor, un piso con calefacción. Te asocio a estar ilusionada por primera vez, a sentirme completamente en paz por primera vez.

También te asocio a ese minuto de nada. A ese "no puedo seguir haciendo esto". A ese "eres demasiado buena, no estoy acostumbrada a esto". A ese "he llegado a casa y no he podido dejar de llorar porque lo he entendido". A ese no saber cómo comer, como dormir, cómo estar ahí. A ese desaprenderlo todo y tener que volver a construirlo, sin saber cómo, sin querer. Porque elegí para que me ayudara a encontrar definitivamente el orden a una persona que estaba más perdida que yo. Porque quise ayudar a otra persona a lidiar con sus demonios cuando yo sólo llevaba años distrayendo a los míos. Y vino todo a la vez.

He encontrado una suerte de calma, desde mi falso estoicismo, desde mi sincera resiliencia, desde la frustración de toda una vida. Abrazando a esa niña que aún llora. Pero sigo sin saber qué sentir a ciencia cierta. Me he refugiado en lo mejor de mí, en lo peor de mí, en el punto intermedio buscando una respuesta.

Empecé por la madurez, el saber estar, la entereza. Quise hacer de tripas corazón, quizás mi orgullo jugó un papel. No voy a ser la clase de persona que no acepta el rechazo y se mueve desde el despecho, soy mucho mejor que eso, no voy a empañar lo que hemos sido, estás en tu derecho. Puedo ser comprensiva y justa aunque me duela, recordarme que no es culpa tuya aunque no encuentre en ello consuelo, aunque sepa que el odio reconforta más.

Quise ser una buena amiga, y al no poder hacerlo me fui. Y pasaron los meses. No sé ni cómo.

Volvimos a encontrarnos y me dijiste que aún me querías, pero que no podías estar, que no sabías cuándo podrías, y traté por todos los medios de acallar esa voz que me decía que esperara al mismo tiempo que me aferraba a ella y me negaba a soltarla. Quería y no quería esperarte. Sabía que no había una fecha, definición, delimitación. Que no podía quedarme en ese estado incierto, en esa espiral. Pero no podía no hacerlo. No podía no querer hacerlo. Teníamos que acabar juntas.

Los meses volvieron a sucederse uno detrás de otro. Y me refugié en el odio aunque nunca te lo conté. Cambiaron los ojos con que te veía. Me pregunté si ese era el paso que me había saltado, elaboré una teoría. Trasladé esa culpa desde mí hacia ti. Quizás necesito sentir rencor, un odio puntual, un desprecio que no salga de aquí. Quizás al querer eximirte de culpa me estaba culpando a mí, quizás estaba separando de ti el dolor que me habías provocado, queriendo así volver a ti para aliviarlo, olvidando que tú eras su causa. Quizás necesito sentir rabia, una rabia controlada, terapéutica, legítima. Quizás necesito sentir que tengo derecho a sentirme así, quizás debo dejar de recriminármelo. Dejar de sentirme culpable por no querer perdonarte.

No sé si funcionó. Te recorrí tantas veces que ya no te parecías a ti. A veces lo sentía de un modo y otras tantas de otro.

Escribí:
Me odio porque ya no sé verte, porque ya no puedo quererte bien.
Te odio porque ya no puedo querer bien a nadie.
Me odio porque ya no sé cómo escapar de esta dialéctica, de este vaivén constante, de este luto interrumpido, de este afecto ambivalente.
Te odio por hacer que te quiera y me odio por odiarte.

Volviste una vez más y te desmitifiqué, dejaste de ser ese fantasma. Volviste y todo perdió el matiz dramático. Durante varias semanas todo recobró el color, la naturalidad. Volviste y descubrí que había trabajado mucho durante todos esos meses, que podía volver a quererte bien. Pero ya no éramos las mismas. O tú ya no querías que lo fuéramos.

Me dijiste que ya no me querías y volví a ser una niña pequeña. Qué he hecho mal. He sentido demasiado. No he sabido callar lo suficiente. No he disimulado lo suficiente. Por qué ya no me quieres si no he insistido, si no he incordiado. Si sólo he hecho tiempo.

Si me he dejado la piel intentando encontrar ese equilibrio imposible. intentando ser honesta sin alimentar tu complejo de culpa, sin caer en reproches ni chantajes. Si dosifiqué, minimicé hasta el límite nuestras interacciones ¿Qué hice mal?

No hice nada mal. No hiciste nada mal.

Han vuelto a pasar los meses. Como una rueda en un precipicio.

Siempre estoy intentando cerrar la puerta. A veces parece que lo consigo, pero nunca lo hago del todo. Nunca consigo querer hacerlo del todo.

Nunca consigo querer decir adiós definitivamente a la imagen borrosa del principio, hoy fantasmagórica y teñida de irrealidad; a esa sensación inaudita y cálida que recuerda mi piel. A lo que fue, a lo que pudo haber sido y a lo que a veces casi parece que aún podría llegar a ser en un futuro. O eso necesito decirme. Y al mismo tiempo no quiero que sea.

Cuando lo estoy olvidando descubro que sólo lo estaba posponiendo, esquivando. Que ya me he acostumbrado a hacerte tiempo y se ha convertido en parte de mí. Que no lo estoy aceptando verdaderamente, sólo sosteniéndome en un hiato imaginario.

Es mera repetición. Una y otra vez. Estoy cansada. Cansada de llorar por el cansancio. Pero estar cansada, no poder más, no acelera el proceso. No consigue matar del todo la esperanza. Porque no quiero hacerlo del todo. Porque no toda yo quiero hacerlo.

Y qué ironía cuando lo único que quiero es conseguir quererlo. Querer dejarte marchar.

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